Espalda
Me duele la espalda, ¿puedo entrenar?
Es la excusa número uno para no empezar, y casi siempre es al revés: quedarse quieta suele empeorarlo.

Es lo que más veces oímos en la puerta: «me encantaría, pero con mi espalda…». Y es comprensible, porque durante años se dijo que con dolor de espalda había que guardar reposo.
Hoy se sabe que, en la mayoría de los dolores lumbares corrientes —esos que no vienen de un golpe ni de una lesión concreta—, el reposo prolongado empeora las cosas. El músculo que sostiene la columna se debilita, la zona se vuelve más rígida y el siguiente episodio llega antes y más fuerte. Moverse, con cabeza, es de las cosas que mejor funcionan.
Eso no significa entrenar como si nada. Significa tres cosas concretas.
La primera: díselo a tu entrenadora el primer día. Dónde te duele, desde cuándo, qué movimientos lo despiertan. Con eso se adapta la sesión desde el minuto uno en vez de descubrirlo a la tercera semana.
La segunda: se empieza por el control, no por el peso. Aprender a mover la cadera sin arrastrar la espalda, a activar el abdomen profundo, a levantar del suelo sin doblarse como una escoba. El Pilates trabaja exactamente eso, y por eso es donde suelen empezar quienes vienen con la espalda tocada.
La tercera: la fuerza no es el enemigo. Al contrario. Una espalda que aguanta es una espalda con músculo alrededor, y ese músculo hay que construirlo. Se llega, pero se llega en orden.
Y las señales para no ir al gimnasio sino al médico: dolor que baja por la pierna hasta el pie, hormigueo o pérdida de fuerza en un pie, dolor que no cede tumbada ni de noche, o que aparece tras una caída. Y si además hay fiebre o problemas para controlar el pis, eso es urgencias, no una clase de Pilates.
Esto es información general, no un diagnóstico. Si arrastras algo desde hace tiempo o estás en tratamiento, tráete el informe de tu fisioterapeuta y trabajamos sobre lo que te haya dicho.
¿Quieres probarlo con alguien al lado? La primera semana es gratis.
Ven a conocernos